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Los Migrantes Somos Como La Res

Posted on: 05/03/2010

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Los Migrantes Somos Como La Res   
  
Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas 
Por Víctor Núñez Jaime – Revista M Semanal [Edición 653]
http://semanal.milenio.com/node/2296
 

 Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Foto: Federico Mastrogiovanni.

“Hambre y sed, detenciones arbitrarias, extorsión y golpizas por parte de la policía federal e incluso el secuestro a manos de Los Zetas,
son capítulos de la odisea de los migrantes centroamericanos
a su paso por México.”

La bestia bufa y chilla sobre los rieles. Son las 17 horas en punto del miércoles 21 de abril y sin ningún aviso empieza a moverse, saliendo lentamente del pueblo de Arriaga, Chiapas. Los últimos migrantes se suben a los vagones y toman su lugar en el techo, aún hirviente por el sol de todo el día. Ellos ponen cartones en la superficie de metal para hacer el viaje sobre el tren un poco más confortable. Van uno pegado al otro. Para llegar hasta aquí, apenas la mitad de su viaje, ya han recorrido cientos de kilómetros caminando, en balsa, en combi; quien logró subirse ha sido asaltado en el camino, ha sufrido hambre y sed. “Sabemos lo que nos espera —cuenta Henry, cuidando su pequeño espacio— algunos porque ya hicieron antes este viaje, como yo, otros porque escucharon los relatos, las historias de los amigos y familiares que lograron cruzar la frontera. Ahora empieza el primer tramo del tren, que llegará a Ixtepec, Oaxaca. Aquí el peligro es que nos asalten Los Zetas u otros criminales. Si se suben armados, con el tren en movimiento, no hay manera de escaparse. A veces se infiltran entre los migrantes y de repente, durante la noche, te sacan una pistola y te asaltan. Por esto nos llevamos estas piedras y estos palos. Pa’defendernos de alguna manera”.

Henry viaja en un grupo de alrededor de 15 personas, casi todos hondureños. Han ocupado el techo entero de un vagón y comparten la poca agua y comida disponibles. Dos personas controlan el acceso en la parte delantera, otras dos en la de atrás. Todos están listos para lanzarse del tren en movimiento si se presentara peligro, pero en sus caras no se nota tensión alguna; más bien esperanza, cansancio y un discreto optimismo. “Sé perfectamente que de estas 400 personas que están aquí arriba ahora, sólo 20 llegarán a cruzar la frontera norte —continúa Henry mientras La bestia deja lentamente Arriaga— y de las 20 mujeres que he contado, a lo mejor llegará una o dos. Cada uno de nosotros sabe que estos son los números, pero todos piensan que entre aquellos pocos va a estar él. Yo, por ejemplo, estoy seguro de esto”.

En el techo de La bestia algunos juegan cartas. Se hacen turnos para acostarse y descansar un poco. “No toda la gente que encontramos en el camino nos trata mal —cuenta Christian, un joven hondureño parte de la resistencia contra el golpe de estado en su país del verano de 2009, que ahora decidió emigrar para garantizar un futuro a sus dos hijos—. Algunos hasta te hospedan en su casa, o te pasan una botella de agua, te dan algo de comer. Te hacen sentir una persona, cuando todos los demás durante el viaje tratan de hacértelo olvidar. Pero desafortunadamente son más los que nos ven como carne de cañón a la que se tiene que exprimir lo más que se pueda, porque somos indocumentados y no tenemos derechos”.

La velocidad media de este carro de la esperanza rara vez supera los 25 kilómetros por hora, en parte debido a las pésimas condiciones de los rieles; sin embargo, después de más de tres horas de viaje La bestia baja su velocidad. Son las 8.30 de la noche y todos los pasajeros se preparan. Se preparan para lanzarse del tren, para correr, escaparse: defenderse.

El convoy rechina. Ya está oscuro y se vislumbran relámpagos a lo lejos. El silencio es palpable. Ya no se ríe, ni se juegan cartas. Se espera. A la entrada del pequeño pueblo de Chahuites, en el estado de Oaxaca, y con el tren aún en movimiento, aparecen a ambos lados de la vía decenas de sombras y rayos de luz. “¡Bájense del pinche tren, hijos de su chingada madre! ¡Órale! ¡Bájense, pinches pendejos! ¡No jodan, rápido, rápido, bájense hijos de puta que vamos a partirles la madre!”.

Éstas son las palabras que se escuchan de los oficiales de la Policía Federal, encapuchados, armados con fusiles de alto calibre que apuntan al techo del tren, iluminando los vagones con sus linternas. La bestia, aún en movimiento, se vacía, y cientos de sombras salpican desde arriba hacia la oscuridad. En pocos segundos 30 oficiales de la Policía Federal detienen a más de 100 personas. Los migrantes son empujados al piso, con violencia, y dispuestos boca abajo en cuatro largas filas que corren a los dos lados del tren. Los federales los insultan, los amenazan, los aplastan con las pesadas botas negras de su uniforme. Empieza la que, dicen ellos, es una identificación de rutina, pero no está presente ningún funcionario de migración. Algún migrante logra escaparse en la oscuridad. Se escuchan por lo menos tres disparos de M16.

Se estaciona un vehículo militar a 100 metros del operativo, con una decena de soldados. Cada federal proporciona una versión diferente sobre el objeto del operativo. “Hemos sido alertados por algunas llamadas telefónicas de los ciudadanos del pueblo, asustados por los criminales que llegan en el tren”, afirma el primer agente. “Es un operativo que sirve para proteger a los mismos migrantes —explica otro federal con pasamontañas— porque en esta zona hay muchos asaltos por parte de grupos criminales”. “Se ha ordenado porque grupos criminales se están dedicando a robarse los rieles del ferrocarril en esta zona, de manera que hay un alto riesgo de descarrilamiento y se tiene que vaciar el tren”, declara un tercer agente.

El número de los detenidos fue mayor a 100 personas, pero cuando llegaron los funcionarios del Instituto Nacional de Migración después de más de hora y media, trasladaron a sus oficinas a tan sólo 47 migrantes. El paradero de los demás es un misterio. “Cuando el tren se paró logré lanzarme sin hacerme mal, pero me agarraron los federales. Me echaron al suelo boca abajo —cuenta Víctor, a salvo bajo el techo de la Casa del Migrante, en el pueblo de Ixtepec—, luego me revisaron y me pidieron cuanto dinero tenía. Me quitaron de los bolsillos todo y mil 200 pesos, luego me agarraron por un brazo, me levantaron y me dijeron que me fuera “a la chingada” de volada, que si me volvían a ver me partían la madre. Yo me fui corriendo y logré agarrar el tren después del pueblo de Chahuites y llegar hasta acá”.

El testimonio de Víctor coincide con el de decenas de otros migrantes que lograron escaparse de Chahuites después del robo de los agentes federales y alcanzar Ixtepec. “No es la primera vez que recibimos denuncias sobre robos de la Policía Federal en esta zona —explica el padre Alejandro Solalinde Guerra, sacerdote responsable del albergue Hermanos en Camino de Ixtepec y fundador del Equipo de Movilidad Humana—; esta práctica lamentablemente es muy común, pero es difícil que se logren formular denuncias penales en contra de los federales debido a que los migrantes casi nunca aceptan testimoniar. No confían en la justicia pero en este caso estaban presentes en el tren algunos periodistas y logramos obtener varios testimonios. Esta vez se va a poder denunciar, porque las violaciones y los abusos que a diario padecen estas personas por parte de una autoridad pública se tienen que acabar”.

El padre Solalinde Guerra hizo una denuncia penal en contra del operativo de la Policía Federal, a pesar de que hasta el INM se ha disociado formalmente del acontecimiento. “Lamentablemente estas prácticas son un hecho cotidiano —declara de forma anónima una fuente interna del CNDH—. En otros estados, más adelante en el camino del tren, tenemos muchos testimonios de que los federales golpean a los migrantes con macanas y los aturden con tasers y pistolas eléctricas. Son abusos operados en contra de ciudadanos extranjeros por autoridades de la policía mexicana, en todos los niveles”.

De las 400 personas que ocupaban el vagón, los que llegaron a Ixtepec son muchos menos, como pronosticaba Henry. Algunos se quedarán en México a buscar fortuna, otros intentarán subir al próximo tren. Unos más quizá regresarán a su casa. Lo que es seguro es que a partir de Ixtepec empezará para los que perseveren una etapa aún peor de la odisea, que incluye el peligro de ser secuestrados por Los Zetas en la región de Veracruz. Allí los criminales piden rescate a las familias o usan a los migrantes para el tráfico de órganos y la trata de blancas. Porque la economía de la migración que pasa por México involucra al narco, a oficiales y agentes de cada tipo de policía, a funcionarios públicos, a comerciantes e incluso a los ambulantes que les venden agua o algo de comida. “Los migrantes somos como la res —afirma irónicamente Henry—: no se tira nada. Todo lo que se logra exprimir de nosotros aquí se vuelve oro. Y, por lo que se ve, nadie tiene la intención de extinguir esta mina”.

 Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas 
Un migrante camina sobre la vía del tristemente célebre tren de los migrantes, la bestia que ha ocasionado cientos de accidentes mortales.
Foto: David de la Paz/ EFE .

Creative Commons License  
Federico Mastrogiovanni / Revista M Semanal [Edición 653] 
Grupo Editorial Milenio 2010

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Año Nuevo, Proyectos Nuevos

Después de mucho meditarlo en los últimos meses, he decido poner fin a esta aventura.
Este blog ya no sé seguirá editando más.
Gracias a todos aquellos quienes visitaron con frecuencia este espacio desde que estaba en spaces.live.com.
Marco Rubio.
Enero, 2012.

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