A Big Child Ministry

La Vida Debe Ser Una Rumba

Posted on: 05/31/2010

A Big Child Ministry – abigchild.wordpress.com
 

Lorenzo: “La Vida Debe ser una Rumba”  
  
Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Por Víctor Núñez Jaime – Revista M Semanal [Edición 657]
http://www.msemanal.com/node/2451
 

Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Medellín, Colombia. Foto: Raúl Arboleda/ AFP

“Al menos 200 millones de los habitantes del planeta son migrantes y el Fondo de las Naciones Unidas para la Población (FNUAP) prevé que para 2050 la cifra llegará a 250 millones de personas. Aquí continuamos con nuestra serie sobre la situación de los migrantes que llegan a México.”

Un hombre sale de su casa. Camina hacia una cancha de futbol donde esta mañana algunos vecinos del barrio juegan un partido. Avanza lento y con la mirada fija en un punto que, hasta ahora, sólo él sabe cuál es. Detiene sus pasos detrás de un muchacho sentado en cuclillas en un extremo del terreno. Saca una pistola del bolsillo derecho del pantalón. La coloca justo en la cabeza del muchacho. Dispara. Tres veces. El sonido de los balazos hace que el juego se detenga y que todos —jugadores, el escaso público y algunos que pasan por ahí— volteen. Pero nadie hace algo. El matón se va por donde vino, con aparente tranquilidad, sin inmutarse.

Un cuerpo muerto queda rodeado por un charco de su sangre en la orilla de la cancha. Es 1990 y en Medellín la gente gasta así su vida. Esta ciudad, capital del departamento colombiano de Antioquia y centro del “imperio de la cocaína” de Pablo Escobar, lleva años soportando un elevado número de secuestros y homicidios. El conflicto armado de Colombia trastoca a la mayor parte de su población civil y destroza familias enteras. En todo el país causa millones de desplazados internos y de refugiados en el extranjero. Y se ensaña con los más jóvenes.

El muchacho que asesinaron esta mañana de otoño tenía 19 años, el pelo rizado, el rostro sereno, el cuerpo delgado, la playera azul y el pantalón negro. Se llamaba Roberto, era el menor de cuatro hermanos y varias veces se negó a guardar armas y a ser informante de los paramilitares. Por eso ha sido el primer miembro asesinado de los Zavala. Faltan seis más. Sólo entonces, después de años de sufrir la pérdida de los suyos, los que quedan vivos deciden irse de Colombia. Y llegan a la Ciudad de México.
Lorenzo es el mayor de los sobrevivientes y para él México es un país muy parecido al que dejó atrás. En su cultura, en su modo de vida y hasta en sus problemas. En la hospitalidad de la gente y en sus fiestas. Le han contado que otros colombianos envueltos en situaciones como la suya han podido rehacer su vida en este país. Se imagina el DF como una ciudad enorme. Con millones de habitantes y de autos. Con un metro más grande que el de Medellín. Con algunos ladrones, pero sin guerrilleros. A lo mejor avasallante pero en el fondo amable. Suficientes motivos para quedarse. Ya tendrá tiempo de cerciorarse o de desilusionarse de todo eso. Por ahora es lo que piensa.

Así que Lorenzo pide una cita en la embajada mexicana. El plan es obtener una visa de turista y pedir asilo al llegar a México. Hace la solicitud y presenta sus documentos para esperar el resultado al día siguiente. Y el resultado dice “solicitud rechazada”. No entiende por qué y nadie le explica. La frustración lo invade.

¿Y ahora? Está decidido a salir de su país. Su esposa y su hijo también lo han asimilado. Si no se puede así, hay que buscar otra forma. Lorenzo había escuchado que desde la Isla de San Andrés, en el Caribe colombiano, mucha gente cruza en forma clandestina hacia Nicaragua y de ahí la mayoría sigue su camino hasta Estados Unidos. Entonces fue a la isla para averiguar cómo se hacía, cuánto costaba y cuáles eran los problemas que podrían presentarse durante el viaje. Conoció a un muchacho originario de Barranquilla con el que se sintió en confianza y le contó su situación. Este muchacho organizaba a los grupos de personas para llevarlos a la Isla del Maíz, a 70 kilómetros de la costa de Nicaragua. A cada uno le cobraba 400 dólares y luego otros 400 por transportarlos a Nicaragua continental. A Lorenzo le dijo que no se preocupara por él ni por su esposa y su hijo, que sólo le diera 400 dólares y los cruzaría en su lancha a la Isla del Maíz, y que hablaría con sus compañeros para que no le cobraran ni un dólar más por la segunda parte del viaje.

Cuando Lorenzo y su familia llegaron a la casa del muchacho de Barranquilla encontraron a 20 personas más. No todos eran colombianos. Había mujeres y hombres chinos, peruanos, ecuatorianos e hindúes, gente que se encontraba en una escala más de su larga ruta migratoria. El único niño era el hijo de Lorenzo. En silencio, intentaban calmar los nervios mientras comían manzanas y galletas. Bebían refrescos con sabor a frutas. Se miraban unos a otros y había quien se encomendaba a Dios. Todos esperaban a que cayera la noche.

En la realidad paralela que es una lancha motorizada llena de migrantes a mitad del mar, los extraños dejan de serlo para convertirse en compañeros de travesía. Hombro con hombro, ya se tienen un poco de confianza. Comienzan a hablar, a contarse sus penas y sus proyectos. Los cuerpos se rozan en el espacio estrecho y ante cualquier turbulencia se empujan. Han transcurrido casi dos horas desde que emprendieron el viaje y ya es hora de relajarse. Pero el conductor de la lancha les pide que guarden silencio. Entonces las miradas se dirigen hacia las estrellas.

Un rato después, la lancha se detiene. El conductor enciende una linterna y mira sus cartas de navegación. Su ayudante mide con un compás. Un hombre pregunta lo que todos quieren saber: “¿Cuánto falta para llegar?”. “Como una hora”, le responde el guía y enciende los motores. Avanzan. Los minutos transcurren lentamente. Se ha disminuido la velocidad de la lancha, pero se ha acelerado el sueño de los pasajeros. Se sienten arrullados y les pesan los párpados. Ahora, a lo lejos, se ve una pequeña luz. La lancha empieza a dirigirse hacia ella. Pronto llegará el amanecer.
Lorenzo se espabila y ve cada vez más cerca una pequeña isla. Sus compañeros de viaje bostezan. Se estiran. Sienten alivio. Ya están en la Isla del Maíz, a unos cuántos kilómetros de la costa de Nicaragua. Pero ese descanso lo interrumpe el hombre de la lancha con la que se acaban de topar, quien les ordena que suban. Esta embarcación es más pequeña que la otra. Temen que se hunda. Los nervios se apoderan una vez más de los tripulantes. Cada tanto, una ola pretende quedarse adentro. Cortan a la mitad unas botellas de refresco y sacan el agua de la lancha.

Casi una hora después llegan a las costas del Caribe nicaragüense. Todos bajan lo más rápido que pueden. Algunos se abrazan como náufragos recién rescatados. Otros lloran. Creían que no iban a llegar. Pero no hay tiempo para seguir reconfortándose. Ahora hay que caminar, seguir quién sabe a dónde a un joven indígena miskito que apenas habla español.
El lugar está lleno de mosquitos. En cuanto detectan que llega la gente, el enjambre viene a darse un festín. La mayoría tiende en el suelo una toalla o unos trapos y se acuestan a descansar. Lorenzo cubre la cara de su hijo con una camisa. Son las dos de la tarde. El calor aumenta. Y la incertidumbre. Y el hambre. Pero la comida no llega. El grupo no soporta un minuto más entre los arbustos y los mosquitos. Caminan en la playa para pasar el tiempo. Dan las cinco, las seis y como a las siete de la tarde llegan dos muchachos. “No pudimos traer la comida”, dicen sin mayor explicación y por un momento todos sienten ganas de golpearlos. Pero los muchachos atajan al instante: “Ya va a oscurecer y podremos sacarlos de aquí. Recojan sus cosas y vámonos”. El grupo se tranquiliza un poco y siguen las instrucciones.

El camino es pantanoso. Avanzan en fila. Siguen a los guías. Caminan sin parar. A media noche llegan a un pequeño poblado. Entran a una choza donde les dan agua, galletas y refrescos. No sacian por completo su hambre pero logran reponer fuerzas y emprenden de nuevo el camino. El propósito es llegar a un pueblo llamado Rama y ahí abordar un autobús hacia Managua, la capital del país. No obstante, un hombre le dice a los guías que por ahora es imposible llegar a Rama. “Hay varios policías haciendo sus recorridos y pueden agarrarnos. Mejor mañana”. Entonces mandan al grupo a una casona abandonada. Es un lugar amplio pero lleno de polvo y telarañas, sin ventanas y sin energía eléctrica. Ahí se acomodan para poder dormir un rato. Algunos no consiguen descansar. La temperatura no desciende y los mosquitos no cesan sus ataques.

Al rato los ponen a caminar otra vez. A medida en que avanzan la playa se vuelve selva. No se detienen. En la madrugada comienza a llover. No es una llovizna, es un aguacero. El guía los lleva a una choza. Toca la puerta de madera y abre un hombre canoso moviéndose con cierta dificultad quien les permite entrar para guarecerse. El grupo se acomoda en el piso de tierra. Deja de llover y los migrantes van a un pozo de agua. Está muy cerca de la choza y les da tiempo de bañarse y cambiarse de ropa. Luego todos caminan hacia la carretera para esperar el transporte. Al ver a tanta gente, un camión de volteo se detiene y el chofer les pregunta a dónde van. “A Rama”, le responden. “Yo los llevo a donde salen colectivos hacia allá. Denme 30 dólares.” Todos se tapan con una lona y el vehículo arranca para sortear una ruta llena de baches. Minutos después llegan a un paradero de camionetas. A partir de ahora, el grupo se fragmenta. Cada quien seguirá su camino como pueda y bajo su propio riesgo. Se irán a Rama de cinco en cinco. Lorenzo, su esposa y su hijo suben a una camioneta junto con un hindú y un chino. En una hora llegan a Rama y, al día siguiente, toman el autobús hacia Managua.

En cuatro horas llegan a la capital de Nicaragua y al instante preguntan cómo ir a la frontera con Honduras. Les dicen cuál autobús deben abordar y que en la frontera digan que quieren cruzar, porque ahí siempre hay quien se encarga de eso. En efecto, al llegar ven a varias personas a caballo que ofrecen pasar a la gente. Desde este punto hay que subir a otro autobús con destino a la frontera con El Salvador y luego todo parece más fácil. Ya en el país más pequeño del continente los tres se suben en la parte trasera de un bicitaxi para confundirse con mercancía de abarrotes. Se cubren con una lona. Cruzan con tranquilidad, sin que nadie revise el vehículo. Unos metros más adelante se bajan. Enseguida abordan el autobús hacia la ciudad de San Salvador. Llegan a las 10 de la noche y a esa hora no queda más que buscar un hotel para bañarse y dormir.

A primera hora de la mañana salen rumbo a la frontera de El Salvador con Guatemala. Aquí también hay varias personas que se ofrecen para cruzar a los migrantes. Los identifican fácilmente: traen pequeñas mochilas, jeans y tenis, miradas perdidas, rostros llenos de incertidumbre. Un hombre con gorra de policía se acerca a Lorenzo: “Quiere cruzar, ¿verdad? Mis compañeros policías de la aduana nos ayudan. En serio. No se preocupe, me paga hasta que ya estemos del otro lado. Súbanse a esta camioneta”.
La camioneta llega hasta una humilde casa en donde Lorenzo y su familia pasarán la noche. Al otro día los llevarán, junto con otras dos personas, hasta Tecún Umán, en la frontera con México. Por unos cuantos quetzales una lancha improvisada los cruzará a Ciudad Hidalgo, Chiapas. Ahí les dirán que pueden tomar un autobús a Tuxtla Gutiérrez, la capital de Chiapas, y que luego irán a Tenosique, Tabasco.

Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Tenosique, Tabasco. Foto: Claudia Guadarrama

Llegan tranquilamente a Tuxtla y enseguida abordan un autobús hacia Tenosique. Entran a una tienda, compran galletas y jugos y preguntan al vendedor cómo hacerle para continuar el camino. El señor los mira de arriba abajo y les dice que lo primero que tienen que hacer es “actuar natural, bañarse y cambiarse la ropa”. Él mismo les permite hacerlo en su casa y les vende la comida. Les recomienda pedir aventón a Tenosique y que de ahí se vayan en autobús a Villahermosa, la capital de Tabasco. Una camioneta accede a llevarlos. A Lorenzo se le ocurre enviar sus mochilas a Villahermosa por mensajería exprés para no levantar tantas sospechas. Acababan de entregarlas en el local de Multipack cuando dos agentes de migración se les acercan. Y entonces todo parece desmoronarse. Por más que Lorenzo, su esposa y su hijo aparentan no tener miedo, su inseguridad los delata.

—¿De dónde son?

—De Colombia —responde Lorenzo.

—Enséñenme sus pasaportes.

—No tienen visa. ¿Ilegales, verdad?

La pregunta cala en lo más hondo de la esposa de Lorenzo. Luego en su hijo. Ambos comienzan a llorar. En realidad también Lorenzo se siente muy mal. De pronto, todo el esfuerzo que han realizado parece esfumarse. El dinero gastado. Los días y noches de hambre, sed, calor, cansancio, miedo. El valor de abandonar su país, su gente, de arriesgar la propia vida. Pero esto, que para ellos es todo, para los agentes migratorios es nada.

A bordo de una camioneta los llevan a la Estación Migratoria de Tenosique. Lorenzo saca fuerzas para evitar la depresión y cuenta por qué han salido de Colombia y cómo ha sido el viaje. Y pide que no los deporten. El jefe de la estación le dice que su caso puede ser considerado por la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (COMAR), pero que allí no tiene representantes; en Villahermosa sí y mañana los trasladarán allá.

Enseguida les dan de comer para luego llevarlos a una celda con dos colchonetas donde pueden descansar. Al día siguiente, Lorenzo y su familia suben a una camioneta con destino a la Estación Migratoria de Iztapalapa, en el Distrito Federal.

Apenas entró Lorenzo a la celda, el recibimiento fue cálido: “Eh, ¿cómo está, paisa? Siéntese aquí… Tenga una cobija y en aquel rincón se puede dormir”. Eran unas 20 personas hacinadas en el lugar de paredes húmedas y frías. Después de conversar un rato sobre sus vidas, sobre lo que piensan hacer cuando salgan de aquí, Lorenzo logró conciliar el sueño.
Los pocos días que supuestamente les faltaban para salir de la Estación se fueron multiplicando. Les decían una fecha y cuando ésta llegaba les daban un pretexto. “Pero no se preocupen, pasado mañana ya salen”. Y llegaba el día y les decían otra excusa. A Lorenzo se le hacía muy raro todo esto porque a algunas personas que llegaron después de él y de su familia y que también habían solicitado asilo ya les habían dado su orden de salida. ¿Por qué a ellos no? Nadie sabía darles alguna explicación.

Pasaron los días entre la incertidumbre y el anhelo hasta que un sábado por la tarde Lorenzo escuchó por fin lo que tanto necesitaba: “Aquí está tu orden de salida y la de los tuyos. Mañana se van. Los trámites que faltan para que los declaren refugiados tendrán que hacerlos en la COMAR”.

Aquella mañana de domingo, Lorenzo se despidió de sus compañeros de encierro después de desayunar. Lo mismo hicieron su esposa y su hijo. En seguida recogieron sus mochilas y salieron a enfrentarse a la Ciudad de México. A sus calles. A su gente.

Casi dos años después de su travesía, Lorenzo y su familia están por alcanzar la tranquilidad en su nueva ciudad. Ahora rentan por tres mil pesos mensuales un sencillo departamento en el norte del Distrito Federal y lo han amueblado poco a poco. Por lo pronto, cuando se abre la puerta se ve un comedor y cuatro sillas de madera, cinco tablas apiladas en un rincón, las paredes blancas y desnudas (“ya pondremos alguna foto o algún cuadro”), un foco de 100 watts que se esfuerza por alumbrar la vivienda y un perro que camina con sigilo sobre el piso de madera. “Este es Scooby y es colombiano, dice Lorenzo”.

Scooby, un cocker de pelo blanco y manchas marrón, busca una caricia de su dueño y cuando la obtiene se sienta junto a él. Entonces Lorenzo cuenta que medio año después de que el gobierno mexicano les dio el estatus de refugiados a él, a su esposa y a su hijo, pidió la reunificación familiar, pues el resto de su gente también corría peligro en Medellín. Así, con la intervención de la Asociación de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), pudo traer a su madre, a su hermana, a su sobrino y “hasta al perro”.

Cuando salió de la Estación Migratoria de Iztapalapa, Lorenzo fue directo a la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado (COMAR) a llenar un cuestionario y a narrar los hechos en los que basaba su solicitud de asilo, el cual le autorizaron unas semanas después. Lorenzo y su esposa buscaron trabajo en fábricas y empresas, pero no los contrataban porque todavía no habían concluido el proceso de solicitud de asilo. Así que los dos decidieron echar mano de sus experiencias laborales pasadas: Lorenzo comenzó a hacer trabajos de plomería, carpintería y albañilería de manera independiente y su esposa optó por peinar y arreglar a domicilio a señoras, novias y quinceañeras.

Luego, ambos acudieron a cursos de la Fundación Proempleo, asociación civil que capacita a la gente para la creación de micro-empresas. Gracias a esto, ahora Lorenzo ha diseñado el proyecto de una microempresa de construcción y mantenimiento. Pero para concretarlo hace falta dinero. Por eso acudió a la Fundación Dignidad, donde apoyan a gente que desea emprender un negocio, y solicitó un préstamo. Sólo pudieron apoyarlo con 10 mil pesos, una cantidad insuficiente. No obstante, a su mamá se le ocurrió que podían poner un negocio de arepas, un alimento típico de Colombia a base de harina de maíz que forma una masa plana pero gruesa y que suele comerse relleno de queso derretido: habiendo despertado el gusto por la arepa en sus vecinos y conocidos, así ganan poco más de cinco mil pesos al mes.

Ahora que Lorenzo se ha asomado a su pasado reciente, lo invade la nostalgia por la vida que tenía con los suyos en Medellín, por el barrio donde nació y creció. Por sus amigos. Nostalgia que anestesia de vez en cuando con una llamada por teléfono a sus paisas, quienes le preguntan con frecuencia cómo es México. Él les cuenta del exceso de gente que se ve en todos los sitios a los que va, sobre el transporte, la basura y los ambulantes que invaden el espacio público en casi cualquier parte.

“¿Sabe qué pasa?”, se anima Lorenzo a comentar, “que hay complicaciones porque aquí hay mucha gente y porque hace falta cultura ciudadana o cultura cívica. Mire: ¿por qué en las calles no hay botes de basura en cada esquina? ¿Por qué la gente no respeta a sus semejantes? El otro día vi a un viejito esperando pacientemente el Metro. Después de algunos minutos se fue juntando la gente. Cuando el tren llegó y se abrieron las puertas, la gente comenzó a empujar y a atravesársele al viejito y pues ya no pudo subirse. Hay que ser más respetuosos, ¿no?”.

Lorenzo se siente renovado, con ganas de llevar una vida llena de tranquilidad, con la intención de consolidar sus proyectos, lleno de confianza y de optimismo desmedido. “Esa es la actitud para formar parte de este país que me encanta. Estoy seguro de que vamos a salir adelante. Ya sufrimos mucho. ¡Ahora la vida debe ser una rumba!”.

Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Foto: Claudia Guadarrama.

Creative Commons License 
Víctor Núñez Jaime / Revista M Semanal [Edición 657] / Grupo Editorial Milenio 2010

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Año Nuevo, Proyectos Nuevos

Después de mucho meditarlo en los últimos meses, he decido poner fin a esta aventura.
Este blog ya no sé seguirá editando más.
Gracias a todos aquellos quienes visitaron con frecuencia este espacio desde que estaba en spaces.live.com.
Marco Rubio.
Enero, 2012.

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