A Big Child Ministry

Caí, me levanté y voy a seguir luchando

Posted on: 07/20/2010

A Big Child Ministry – abigchild.wordpress.com
 

Alicia: “Caí, me levanté y voy a seguir luchando” 
 
Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Por Víctor Núñez Jaime – Revista M Semanal [Edición 662]
http://www.msemanal.com/node/2609
 

Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas

“En la tercera entrega sobre migrantes, refugiados y trata de personas, la historia de una colombiana que vivió no sólo el abuso infantil, la violencia guerrillera y la emigración a nuestro país, sino también el maltrato en su matrimonio con un mexicano.”

Esta Alicia ya es otra. Verla ahora dificulta imaginarla destrozada, maltratada y, en varias ocasiones, con el miedo pegado al cuerpo. Hoy todo es risas y recuerdos. “Una superación exitosa.” Pero antes hubo gritos. Tensión. Golpes. Llanto. Desesperación. Ganas de morirse. Y, sin embargo, todo eso se ha ido borrando hasta convertirse en un dibujo desteñido. “Porque —asegura— el tiempo te enseña que la vida puede ser la empresa más amarga, pero también fascinante, a la que todo ser humano está obligado a enfrentarse”.

Alicia tiene 35 años y su delgada silueta y su porte altivo evocan a una mujer segura de sí misma. Fuerte, tranquila y decidida. Pero lleva la marca de las tragedias que la han golpeado y, para comprender a esta mujer colombiana que ahora vive en México, hay que retroceder tres años. Hasta la última semana de diciembre de 2007, cuando en Cali se celebra la feria anual de la ciudad. Hay cabalgatas, corridas de toros y rumbas con las mejores orquestas de salsa del mundo. Alicia se siente “en las nubes” porque el hombre del que está enamorada le acaba de hacer la “maravillosa pregunta” que deseaba escuchar: “¿Quieres casarte conmigo?”.

Hace casi un año se deslumbró con este mexicano que le pareció simpático y sencillo. Él, encargado de las finanzas de una empresa de cosméticos, había llegado a Cali con la misión de cerrar unos almacenes que según sus jefes ya no eran rentables. Una tarde, un amigo en común los presentó y después de comer quedaron en salir los dos solos al día siguiente. Se vieron todos los días durante un mes. Él le dijo que era divorciado y padre de una niña, pero que quería rehacer su vida. Para Alicia, el romance prometía: el hombre era cariñoso, amable, buena gente; 12 años mayor que ella, muy atento y complaciente. Así que, en esa nueva visita de Antonio en diciembre, después de un baile de feria, Alicia tardó unos instantes en responder. A pesar de las apariencias no lo conocía lo suficiente como para emprender una vida juntos. Antes tuvo otra relación y, salvo su hija, todo fue un fracaso. Pero ella quiso intentarlo de nuevo: su hija quería “un papá que la lleve a la escuela”.

“¿Quieres casarte conmigo?”. Preguntó de nuevo Antonio. Refuerza su propuesta con un “y nos vamos a México, con la niña… Claro, si estás dispuesta a dejar todo por mí”. Todo era trabajo, casa, familia, amigos, ciudad, país; ratos felices y momentos muy amargos. Antonio abrió una cajita negra con un anillo de compromiso de brillantes y agregó: “Vamos a estar juntos siempre”. Para Alicia la promesa funcionó al principio como un bálsamo; semanas más tarde, como una amenaza. Pero en ese momento dijo “sí”. Acordaron ir ante el juez en febrero y después volar a México, los tres juntos, como una nueva familia.

Antonio fue al consulado mexicano y solicitó dos visas de “dependiente económico” para su esposa e hijastra. El viaje fue incómodo porque la niña no dejó de llorar durante casi todo el vuelo. Cuando aterrizaron, sin embargo, mostró una incipiente sonrisa. La realidad era que Alicia había llegado al país de sus sueños con el que sería el hombre de sus pesadillas.

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A sus 11 años, Tania extraña a su abuela y a sus amigos del colegio. También siente que ha perdido el cariño de su madre. Nunca la había visto junto a un hombre. No se acuerda de su padre porque tenía dos años cuando él se fue de su vida. Quizá por estos motivos comienza a llorar todas las noches, antes de que su madre le pida que se duerma. Va a la ventana de su habitación, mira a la calle y grita que se quiere morir. Y nada calma su angustia. Ni un abrazo ni un regaño desesperado ni un paseo al día siguiente al parque de diversiones. Su depresión es más seria de lo que parece.

Antonio propuso llevar a Tania con un psicólogo y que de vez en cuando jugara y conviviera con la hija que él había tenido con su ex esposa. Alicia aceptó. Pero la aparente buena voluntad de Antonio no duraría mucho. A los ocho días llegó borracho. Entró a la casa montado en su propio coraje. Alicia estaba recostada en sillón viendo la tele. “Pinche huevona, ¿eso haces todo el día?”, le gritó, y entonces la tiró al piso y comenzó a patearla. En el abdomen, en el pecho. Alicia logró sujetarlo de una pierna y lo tiró. Pero en cuestión de segundos él se reincorporó y de un derechazo la lanzó al piso. Desde el suelo, Alicia vio a un hombre sudoroso, de camisa desabotonada y rostro desencajado y se quedó inmóvil, aguantando los golpes, llorando de dolor, esperando que todo terminara lo más rápido posible. Cerró los ojos y se preguntó con quién se había casado. A partir de entonces los gritos y los golpes serían cosa de todos los días.

El sol se ocultaba y el miedo despertaba. Cada noche, de nuevo, una discusión. Cada noche, de nuevo, una golpiza. Alicia esperaba a Antonio con terror. No entendía el cambio de su esposo. Apenas escuchaba que la puerta se abría sentía un escalofrío y, al día siguiente, cuando él se iba al trabajo, volvía a sentirse tranquila. Era como si Antonio estuviera convencido de que haberla traído de Colombia le daba derecho a maltratarla. Le quitó su pasaporte y también el de la niña. Y frecuentemente le recordaba: “Mira, pendeja: tú y tu pinche hija no tienen derecho a nada”.

Una vez Alicia abrió el cajón inferior de una cómoda y encontró varios folders con documentos. Empezó a revisarlos y descubrió la demanda de divorció necesario que interpuso la ex esposa de Antonio en 1995. Alicia se asustó con lo que comenzó a leer. La mujer pedía el divorcio por “exceso de violencia física y verbal”. Un sábado, después de comer, Alicia lanzó un tímido comentario:
—¿Sabes? Me comentaron que también maltratabas mucho a tu ex esposa…
—¡Cállate, pendeja! —interrumpió él y golpeó la mesa—. Tú aquí no tienes derecho a decir nada. Y ten cuidado: si yo quiero, te deporto a la hora que me dé la gana. Acuérdate: tienes una visa de dependiente económico. ¡De-pen-des-de-mí!

Alicia entró al baño y se miró en el espejo. Su rostro era el de un ser abatido y deprimido. Se reprochó una y otra vez haberse casado con Antonio y deseó, más que nunca, poder regresar el tiempo. Quizá seguiría siendo microempresaria en Cali, al frente de su pequeña fábrica de ropa en donde 12 empleadas confeccionaban playeras, blusas y pantalones. Pero seguirían asaltándola los terribles recuerdos de cuando era una niña.

Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas

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Alicia tenía nueve años cuando su padre la violó. Ella estaba en su cuarto, tendiendo la cama cuando escuchó entrar a alguien. Volteó y se asustó al ver a su padre en ropa interior. Él la llevó a empujones a la cama y le arrancó la ropa. No había nadie más en la casa.

Una tarde, después de un pleito con su padre, Alicia salió corriendo de su casa y alcanzó a escuchar: “¡Como se te ocurra volver, ahora sí te mato desgraciada!”. Cuando se cansó de correr siguió caminando bajo la luna llena y no se detuvo hasta llegar, varias horas después, a la finca de su tío en las afueras de la ciudad. Le contó lo sucedido y fue recibida de buena gana. Alicia ya tenía 14 años y ayudaba en la siembra y cosecha del tomate. Pero sólo durante unas semanas, porque un día que daba un paseo por los alrededores de la finca conoció a un muchacho de mirada adusta, rostro mal afeitado, pelo revuelto, alto, flaco y con sentido del humor que la deslumbró. Era un guerrillero que pertenecía al M-19, un grupo insurgente colombiano que proyectaba llegar al poder mediante las armas, pero cuando la represión gubernamental se intensificó los combatientes abandonaron poco a poco los centros urbanos para refugiarse en las montañas; por ejemplo, cerca de la finca del tío de Alicia.

Cuando él la llevó al campamento halló hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes, rodeados de pistolas y de metralletas, comprometidos con una causa, que daban la impresión de tener solidaridad y camaradería. Ella necesitaba sentirse querida y útil dentro de un grupo y decidió unirse a ellos. Se despidió de su tío y se dispuso a vivir en la clandestinidad. Pensó que sería por unos meses, quizá un año. Al final, fueron dos años. Todos los días el grupo recorría montañas y pueblos pequeños. Todas las noches acampaba. Establecían turnos para cocinar y vigilar. Si había tiempo, tranquilidad y ganas, charlaban y bailaban salsa o vallenato. Al llegar a un poblado detectaban alguna hacienda cercana que tuviera una buena cantidad de ganado y entonces iban y robaban varios animales para luego matarlos y ofrecer una gran comilona a la gente del lugar.

Durante esos dos años Alicia no se comunicó ni una sola vez con su familia y ya anhelaba la hora de poder abrazar a sus hermanos. En días posteriores a la entrega de armas del M-19 se desentendió de todo e, incluso, dejó de ver al comandante; a su novio. Entonces volvió a su casa y, al verla, su madre lloró de la emoción. “Pensé que ya estaba muerta, mi’ja… Pero si volvió es porque Dios la tiene destinada para algo”, le dijo con un fuerte abrazo y lágrimas en los ojos.

Los problemas familiares no se habían resuelto. Su madre le hizo un resumen: “Estoy embarazada. Su papá nos abandonó, se fue con otra mujer. Y no tenemos dinero”. Alicia le dijo que el gobierno colombiano le daría un apoyo económico mensual como retribución por ser una de las que dejó la guerrilla, y que con eso saldrían adelante mientras terminaba de estudiar el bachillerato. Empezó a ir a una iglesia cristiana y participaba en las misiones que hacían en comunidades indígenas montañosas. Un día, su hermano llevó a comer a la casa a un compañero de trabajo. Se lo presentó y quedaron en salir al cine. Luego iniciaron un noviazgo que, meses más tarde, desembocó en boda. Alquilaron un departamento y Alicia lo decoró como había soñado. Pero el matrimonio apenas duró cuatro años: la relación tuvo un buen inicio hasta que todo se torció debido al alcohol, los maltratos y las infidelidades. Alicia se vio envuelta en un modo de vida muy parecido al de su madre. Su esposo llegaba borracho y la golpeaba. Una vez le quebró un dedo, otra le mordió un brazo y le arrancó un pedazo de carne. A cada golpe antecedían gritos e insultos, como “¡hija de puta!”. En medio de todo eso nació su hija. Los pleitos continuaron hasta que un día Alicia volvió con su madre y sus hermanos.

Pasarían nueve años para que Alicia volviera a ilusionarse con un hombre. “Quizá”, pensó, “esta vez las cosas serán diferentes.”

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Alicia está en su recámara respondiendo el test para saber si es adicta a las “relaciones destructivas: “¿Durante mi vida he tratado de proporcionar afecto a personas conflictivas e inaccesibles a las que he intentado cambiar por medio de mi amor? ¿Hago cualquier cosa para evitar que me abandonen? ¿Estoy dispuesta a esperar, conservar esperanzas y esforzarme más para complacerlo? ¿Sueño constantemente en cómo me gustaría que fuera mi relación? ¿A menudo me siento sola, triste, fracasada? ¿Tu pareja tiene alguna de las siguientes conductas?: ¿Insiste en mantener el control de tu vida, tus pensamientos y comportamiento? ¿Consigue someterte con violencia física o psicológica? ¿Cambia imprevistamente de seductor a déspota? ¿Hace comentarios despectivos sobre ti en particular y sobre otras personas en general? ¿Es celoso y posesivo? ¿Proyecta sobre ti la culpa de todos sus conflictos?”.

Ha llegado a las páginas finales de El triángulo del dolor”, un best seller escrito por el criminólogo y psiquiatra Ernesto Lammoglia, en donde se describen las relaciones destructivas inmersas en un modelo denominado “El triángulo del dolor: abuso emocional, estrés y depresión”.

El libro es un obsequio del Centro de Atención a la Violencia Intrafamiliar (CAVI) de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal (PJDF). Fue allí a recibir asesoría jurídica y psicológica para tratar de superar sus daños emocionales. Para salir del círculo de violencia familiar en el que había estado inmersa. Sus manos tiemblan un poco. Sus ojos están acuosos y tiene un nudo en la garganta. Después del test da vuelta a la página del libro y, aunque ya lo presentía, corrobora el demoledor diagnóstico: “Si contestaste que sí a cinco o más de estas preguntas, eres adicta a las relaciones destructivas y estás en una relación con un misógino”.

Alicia fue al CAVI gracias a la orientación y el impulso de una vecina que se llama Lourdes y que se perfiló como su amiga, confidente y madre adoptiva. Cuando Antonio se iba la invitaba para conversar un rato. La señora siempre tenía alguna palabra de consuelo, un abrazo, un consejo o un libro de superación personal y, al final, le habló del CAVI. Allí la atendió una psicóloga, una trabajadora social y una abogada. Cuando conocieron todos los elementos del caso resolvieron citar a Antonio; Alicia le entregó el citatorio y él al instante se encolerizó: “¡Toma, cabrona, para que te quejes con provecho!”, le gritaba entre golpe y golpe. “¡Y tu pinche citatorio métetelo por donde te quepa!”. Al día siguiente Alicia llegó al CAVI con dos moretones en la cara. Le enviaron a Antonio una notificación. Ella se la entregó y él la golpeó otra vez. Un sábado Alicia se tomó varias pastillas para dormir que le había recetado el psicólogo que la atendía. Cuando salió del baño se desmayó al instante. Despertó rodeada de tres paramédicos. “Esto ha sido un intento de suicidio”, dijo uno. Al día siguiente el psicólogo le confirmó: “Tal vez para ti no haya sido algo premeditado, pero tu inconsciente te orilló a esto”. Entonces Alicia reconoció: “He estado pensando en hacer algo con mi hija y conmigo. Es que ya no aguanto. La verdad, si alguien me prestara un revólver, mataba a mi hija y me mataba yo porque esto ya no es vida”. Pero no quería dejarlo. Hasta que a las pocas noches Antonio la golpeó hasta dejarla inconsciente. El médico fue directo: “Son muchos golpes en la cabeza. El oído izquierdo está reventado y Alicia estará prácticamente ciega durante unos días”. Fueron 15 días. Tania tuvo qué cuidar sola a su madre porque Antonio no dejaba que entrara nadie más a la casa. En el CAVI le decían “o se va de ahí o ese hombre la mata”.

Otra vecina le comentó que tenía una cuñada que rentaba cuartos en el oriente de la ciudad y ella vio la oportunidad de irse. Le contó del plan a Lourdes y le pidió dos mil pesos. Empacó su ropa y la de su hija, salieron a la calle y se subieron a un taxi. En menos de una hora llegaron a su destino: un cuarto frío con una parrilla eléctrica, un pocillo, un colchón inflable y dos cobijas. Pero la primera noche que durmieron allí fue maravillosa: ella no sintió frío, abrazó a su hija, miró hacia una ventana sin cortina, agradeció a Dios por haberle dado valor para abandonar aquel martirio y durmió como hace mucho tiempo no lo hacía. Volvía a empezar de cero pero a partir de ese momento recuperó la tranquilidad y las ganas de vivir.

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Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas

Ahora Alicia es una mezcla de alegría y de serenidad. Decidió permanecer en México. “Con todo lo que me ha pasado he crecido espiritualmente. No soy de las personas que les pasa algo y se quedan sentadas y dicen: “Ya me pasó, ya me jodí y ya voy pa’tras como la cola de las vacas”. Yo digo: “Me pasó esto, pues aprendí esto y ahora voy para adelante”, y agarro otro camino. Uno tiene batazos en la cabeza pero siempre para aprender algo”, dice, con una sonrisa en los labios.

Después de sus primeras terapias en el CAVI consiguió trabajo en una tienda de vinos y licores. Empezó como vendedora y ahora es auxiliar administrativa. Pero siente cierto rechazo de sus compañeros. “Es como si les molestara que me hayan ascendido de puesto. Como si se sintieran desplazados por una extranjera. Dicen: ‘Nosotros que somos mexicanos tenemos años en lo mismo y a esta colombiana al instante le permiten avanzar’. Pero yo le he echado más ganas”. Con lo que gana se mantiene ella y manda una parte a su mamá y a su hija, que regresó por un tiempo para reencontrase con su abuela y sus amigos. “El año que entra va a cumplir 15 años. ¿Cómo pasa el tiempo, no? Ya hasta estamos planeando la fiesta. Será un buen motivo para ir a Cali. Ya estoy desesperada por ver a mi mamá, por abrazarla, por decirle que la amo, que es lo mejor para mí”.

Fue apenas hasta hace tres meses, cuando habló por teléfono con su madre para decirle que Tania quería regresar a Colombia por lo menos hasta terminar la preparatoria, cuando le contó todo. “Estábamos hablando y de repente me preguntó, “¿y Antonio, mi’ja?” Le dije: “Ay, mamá, ya me separé de él. Usted no sabía pero estaban pasando cosas muy feas”, le conté. Le aclaré que tramité el divorcio necesario, que él no me ha buscado para nada y que no lo he vuelto a ver. Lloramos y luego nos sentimos muy tranquilas. Me duele la partida de Tania pero ella antes de irse me reconfortó: ‘Mami, yo le voy a echar ganas a la escuela. La voy a sacar adelante, ¿oyó?’. La vida es linda”, remata Alicia con soltura, “la vida tiene futuro mientras que uno se lo sepa realizar. Si un día alguna mujer lee esto y se identifica con mi situación, ¡que no se sienta sola! ¡Que luche! Así esté en un país que no es el suyo. Yo aprendí. Yo tengo paz, mucha tranquilidad. Caí, me levanté y voy a seguir luchando, porque caer para levantarse no es caer”.

Creative Commons License
Víctor Núñez Jaime / Revista M Semanal [Edición 662] / Grupo Editorial Milenio 2010
Ilustraciones: Moisés Butze

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Año Nuevo, Proyectos Nuevos

Después de mucho meditarlo en los últimos meses, he decido poner fin a esta aventura.
Este blog ya no sé seguirá editando más.
Gracias a todos aquellos quienes visitaron con frecuencia este espacio desde que estaba en spaces.live.com.
Marco Rubio.
Enero, 2012.

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