A Big Child Ministry

Sandra

Posted on: 09/27/2010

Sandra  
Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
Por Víctor Núñez Jaime – Revista M Semanal [Edición 671]
http://www.msemanal.com/node/2931 

La historia de esta guatemalteca que emigró a México reúne los horrores del tráfico de personas, la explotación sexual, la violencia de género, la misoginia golpeadora y la desatención de las autoridades de inmigración.

Cuando deje de caer, Sandra se habrá fracturado la pelvis y la cadera. También habrá perdido al bebé que desde hace ocho semanas crecía en su vientre, sin que ella lo supiera. Pasará tres meses en cama, adolorida, sin poder dormir, sin querer comer, triste y enojada con ella misma y con la vida luego de una dura operación obstinada en no cicatrizar. Podrá salir del hospital en una silla de ruedas y, semanas después, tendrá que usar muletas con la esperanza de poder dejarlas pronto.

Un día la llevarán con una psicóloga y le contará que hace casi dos años salió de Guatemala para vivir y trabajar en México, sin pensar que sería una víctima más de la trata de personas con fines de explotación sexual. Comenzará un difícil proceso de rehabilitación física y psicológica que la ayudará a denunciar todos los abusos que sufrió. Y, por primera vez en varios meses de angustia, podrá dormir con cierta tranquilidad y pensar en el futuro. Pero por ahora un hombre la ha arrojado al vacío por la ventana del tercer piso de un motel. El vértigo afloja su cuerpo. Su rostro se descompone. Cae de pie. Sandra está desplomada y semidesnuda en el suelo.

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Es el ocaso de una fría tarde del 10 de diciembre de 2008. Como desde hace casi un año, Sandra atiende a los clientes de la fonda-bar La Lupita, en los límites del Distrito Federal y el Estado de México. El local está situado en la esquina de una calle semidesierta, llena de baches, de charcos de agua sucia y de una sucesión de grises construcciones. Las mesas, los manteles y las sillas son de plástico. No hay ventanas. La única luz natural entra por la puerta. El olor a fritangas se mezcla con el aroma a sudor de hombres maduros, la mayoría obreros o albañiles, que han llegado aquí después de sus jornadas de trabajo.

Sandra y otras cuatro jóvenes mujeres son las meseras, pero no se limitan a servir alimentos y bebidas. Su principal misión es entretener a los parroquianos y propiciar el consumo de cervezas, ron y tequila. Escucharlos y conversar con ellos. Celebrarles sus chascarrillos y, si quieren y tienen para pagar, ofrecerles ratos de placer en un motel que se encuentra a unos metros del lugar.

Hace poco menos de dos horas Sandra se sentó junto a un señor moreno, robusto, medio calvo y con bigote. “Atiéndelo bien, es mi compadre”, le dijo la dueña del local. Empezó a hablar con él con desgano. Una, dos, tres cervezas. Un trago de tequila con sal y limón. Otra cerveza. El calor y el mareo aumentaban. Siempre que alguien le pedía compañía a Sandra, la dueña le daba de beber “para soportar los momentos”.

“Mejor nos vamos a donde estemos más cómodos, mi alma”, dijo el hombre mientras se levantaba de la silla y jalaba de un brazo a Sandra. “Comadre, aquí están mil pesotes porque me llevo a esta chamaca”, espetó él y enseguida salieron los dos a paso lento rumbo al motel.

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Sandra nació hace 15 años en Tecún Umán, San Marcos, una de las ciudades ubicadas en la frontera de Guatemala con México, donde más de la mitad de la población es flotante; es decir, sólo permanecen aquí parte del año. Las calles sin pavimentar están plagadas de charcos y de lodo, de gallinas y de perros. Y de bicitaxis, vehículos pintados de blanco y azul celeste que recorren breves distancias con una o dos personas a bordo. El padre de Sandra manejaba uno de esos bicitaxis. Con los pocos quetzales que ganaba mantenía a sus cuatro hijos y a su esposa, pero había días cuando llegaba a casa con las manos vacías por haberlo gastado todo en alguna cantina. Por eso su madre hacía tortillas de maíz que luego vendía entre sus conocidos.

Sandra dice que dejó la escuela porque sus compañeros se burlaban de su padre. “Es un borrachito loco”, le decían, y ella les pegaba. Su madre la cambió de escuela, no le gustó y ya no quiso ir. Sólo cursó hasta el cuarto grado de primaria. Su mamá la regañó y le pegó porque no podía concebir que su hija no estudiara, pero se le pasó el enojo cuando Sandra le ayudó a limpiar la casa y a repartir los pedidos de tortillas. Ella tiene una media hermana de 22 años que vive en unión libre con un muchacho del Estado de México y es madre de un bebé de dos años. Se llama Ana. Es hija del primer matrimonio de su madre. Con Ana siempre tuvo una buena relación y no dejó de extrañarla cuando se fue a México. Un día que habló por teléfono a Guatemala, Sandra le dijo que tenía ganas de visitarla, que había ahorrado lo suficiente para el pasaje de ida y vuelta, que no tenía pasaporte pero que es muy fácil cruzar a Chiapas y que de allí podría llegar al Estado de México en autobús. Ana se entusiasmó con la idea y le ofreció su casa.

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Sandra salió de Tecún Umán hacia Tapachula, Chiapas, luego a Oaxaca y de ahí al Estado de México. Fue casi todo un día de viaje que pasó sin complicaciones. En el reencuentro con Ana y su novio hubo besos, abrazos, recuerdos y ojos aguados. Durante una semana la llevaron a conocer los alrededores del lugar donde vivían y, después, algunos lugares emblemáticos de la Ciudad de México: el Centro Histórico, Chapultepec, Coyoacán.

Los siguientes días Sandra se aburrió. Casi no salía. Pasaba horas enteras frente al televisor o tomando el sol mientras pensaba en algo qué hacer. Se le ocurrió que podría quedarse en México, trabajar y enviarle dinero a su madre. ¿Por qué no? Agarró el teléfono y marcó el número de su casa en Guatemala. “Mamá —dijo—, quiero quedarme aquí en México. Para trabajar y poder apoyarte en tus gastos. Ana está de acuerdo en que me quede con ella”. No muy convencida, su madre le dijo que si eso es lo que ella quería, estaba bien. “No des molestias y no te portes mal”, fue el consejo.

Empezó como asistente de limpieza en una purificadora de agua. Sólo tres meses estuvo en ese lugar porque no se sentía contenta. Pronto encontró empleo como ayudante en una tapicería de sillones; un día su jefe le dijo que, debido a su situación migratoria irregular, debía irse. Estuvo dos meses sin trabajo y, quizá por la desesperación, tuvo una fuerte pelea con Ana. A un montón de gritos le siguieron algunos golpes. Sandra le espetó a su media hermana que ya no le ponía atención, que sólo se ocupaba de su esposo y de su hijo. “Pues si no te gusta, lárgate”, concluyó Ana. Sandra salió de la casa con sus cosas en una mochila, pero se quedó sentada en la banqueta con la esperanza, en el fondo, de que Ana saliera a buscarla.

Estaba llorando cuando una vecina que caminaba por la calle la vio y se le acercó. Sandra la conocía desde que llegó a vivir al barrio. Le contó lo que había pasado. La mujer le dijo que no se preocupara. “Yo tengo una amiga que anda buscando una mesera para su restaurantito, alguien como tú: joven y con ganas de trabajar. Lo mejor es que ahí tiene cuartos para sus empleadas. Seguro te puedes quedar en uno”. Sandra vislumbró la solución a su problema y aceptó ir. Unos 15 minutos en microbús y ya estaban en La Lupita. La dueña le dijo que, como era “guatemalteca sin papeles”, el sueldo semanal sería de 400 pesos, que podía quedarse en uno de los cuartos de su casa y que también tendría tres comidas al día. “¿Cómo ves?”, preguntó. “Pues sí, acepto”, respondió Sandra. Y entró a la casa.

Al día siguiente se integró al grupo chicas que se presentaron como meseras. Le explicaron cómo tomar una orden y cómo servir los alimentos y bebidas. Hizo únicamente eso durante un mes, aunque observaba que sus compañeras atendían de otras maneras a los clientes. Una mañana, antes de abrir el negocio, la dueña le dijo: “Ya es hora de que apoyes a las demás. También tienes que entretener a los hombres”. Sandra contestó que le daba miedo y que no sabía hacerlo. “No te va a pasar nada. Y mira: para que se te quiten los nervios te tomas una cerveza o una copita y listo. ¿Entendido?”.

Para entonces, Sandra ya era “novia” del hijo de la dueña, un chico de 20 años que la visitaba en su habitación propiciando encuentros sexuales al término de los cuales le pedía que obedeciera a la jefa, que no fuera malagradecida porque ella la había ayudado cuando más lo necesitaba. “Si alguien te pide que te acuestes con él, no hay bronca. Hazlo. Yo no soy celoso, entiendo que es tu trabajo”.

Por su parte, la dueña le decía que no se preocupara por su sueldo, que ella se lo guardaba para que no se le fuera a perder. Durante casi un año que estuvo ahí nunca le dio más de 20 pesos a la semana, aunque le compraba jabón, champú, maquillaje, desodorantes y, a veces, una blusa o una falda. Sólo le permitió llamar una vez a su mamá y no le contó lo que realmente hacía. Y sólo podía salir de la casa o del local acompañada por algún cliente rumbo al motel, como aquella fría tarde de diciembre.

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La habitación 307 del motel La Querencia huele a humedad. En el suelo marrón hay una mancha de pintura verde. Una de las dos lámparas no enciende. En el techo hay un espejo. Nada en las paredes. El hombre empuja a Sandra hasta que ella queda recostada en la cama. Él intenta besarla. Ella voltea la cara. Los dos forcejean. “¡No quiero!”, masculla ella. “¡Cómo chingados no!”, sentencia él. Una cachetada.

Él comienza a desnudarla. Ella logra zafarse, alcanza el cenicero de cristal que está sobre el buró y enseguida aporrea la cabeza de su agresor. Él está atolondrado. Ella ve la oportunidad de escapar, pero apenas da unos pasos hacia la puerta y el hombre consigue jalarla del cabello. De nuevo ella está en la cama, con él encima. Recibe otras dos cachetadas. Caricias bruscas. Patalea. Le falta aire. Suda. Llora. Ya está en ropa interior.

Ahora él comienza a desvestirse. Ella aprovecha para levantarse, abre la ventana y grita con todas sus fuerzas:

—¡Ayúdenme!

Nadie la escucha. Desde el tercer piso puede verse la calle sin gente y de las casas o comercios cercanos nadie se asoma. Él la voltea, le aprieta los brazos con fuerza y la mira lleno de coraje:

—¿No quieres coger, pendeja? ¿No? ¡Pues las putas que no cogen se van a la chingada!

Entonces la carga y le saca el cuerpo por la ventana, con los pies por delante. La arroja al vacío.

En la camilla de la ambulancia, Sandra piensa: “me voy a morir. Ya no volveré a ver a mi mamá ni a mi papá ni a mis hermanos. Mi mamá se volverá loca al saber que me morí”. Luego el dolor la hace quedar inconsciente. La ambulancia emprende el camino hacia el hospital y con la sirena apaga el cuchicheo de algunos curiosos.

Las fracturas de pelvis y de cadera requieren cirugía inmediata. Por eso dos médicos piden que alisten el quirófano. Quieren reposicionar los huesos fracturados con la esperanza de que cicatricen pronto. Pero eso no ocurre. Cuando ella despierta después de la operación, el médico le dice sin mucho tacto: “Vamos a ver cómo reaccionas porque puedes quedar en una silla de ruedas para toda la vida”. Y agrega: “Te hicimos un legrado. Perdiste al bebé”. Sandra queda desconcertada. Asegura que no sabía que estaba embarazada. Maldice a su “novio” y llora despacio, casi en silencio, mientras el dolor en la cadera vuelve a irritarla. No sólo es el aspecto físico lo que le preocupa. No puede dormir porque con el silencio de la noche revive la sensación de cuando caía. Además, tiene miedo de que el hombre que la tiró llegue al hospital para matarla.

Una mañana se le acerca un señor que se presenta como agente del Ministerio Público. La acribilla a preguntas. Nunca más vuelve a saber de él o de algún citatorio para rectificar la denuncia. Quizá él mismo es quien avisa al Instituto Nacional de Migración que una adolescente extranjera convalece en ese hospital sin acreditar su estancia legal en el país y, más tarde, dos agentes del Instituto llegan para decirle que, en cuanto la den de alta, la llevarán a una Estación Migratoria.

Mientras tanto, Ana, su media hermana, la está buscando. Lleva seis meses haciéndolo. Cuando tuvieron aquella pelea, Ana pensó que Sandra había vuelto a Guatemala, hasta que, semanas después, su madre le dijo en una llamada: “No, aquí no ha venido. Una vez habló y dijo que estaba trabajando. Debe seguir en México”. Ana fue a la policía para denunciar la desaparición. La penúltima semana de diciembre un judicial le habló por teléfono: “Creo que ya sabemos dónde está la muchachita que busca. Pero para ir necesitamos que nos dé dos mil pesos. Para movernos bien, ¿no?”.

Ana consiguió el dinero con algunos conocidos y se lo entregó al policía. Dos días después una foto y un mensaje de texto llegaron a su celular: “¿Es ella?”. Sí, era Sandra, postrada en una cama de hospital.

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En la Estación Migratoria de Iztapalapa Sandra conversa con una visitadora de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Han pasado casi cuatro meses desde que la tiraron por la ventana y su recuperación es bastante lenta. Está en una silla de ruedas y no ha recibido atención psicológica. Desde que salió del hospital tampoco algún médico ha vuelto a revisar cómo van sus fracturas y en la Estación la tienen “asegurada” para deportarla a Guatemala.

Todo esto se lo cuenta ella a la visitadora de la CNDH, junto a buena parte de su historia. El caso es claro: es una menor de edad víctima de la trata de personas con fines de explotación sexual. “El enganche (la vecina) que se tradujo en la captación de la menor por parte de la tratante (su patrona), y los medios o la forma en que se engancha, que se reprodujo a través del engaño, el abuso de poder, el estado de vulnerabilidad en el que se encontraba la menor y el propósito que se refiere a la explotación”.

Desde 2008, miembros del programa Menores Trabajadores Urbano Marginales (Metrum) del DIF comenzaron a detectar casos de explotación sexual infantil en el Estado de México, donde Sandra fue agredida. Tan sólo en su primera inspección localizaron 80 casos de menores de edad obligados a prostituirse. Pero advirtieron que “es difícil identificar a las víctimas porque es un fenómeno social oculto, sobre todo en los municipios metropolitanos del valle de México, donde operan establecimientos con licencias de cocinas económicas que en realidad son prostíbulos”.

Desde la Estación Migratoria de Iztapalapa Sandra pudo llamar por teléfono a su madre. No le fue fácil contarle lo que había vivido durante las últimas semanas. Por el momento sólo le dijo que se había fracturado la cadera y que la necesitaba junto a ella. La señora vino a México y el reencuentro con su hija transcurrió entre lágrimas, regaños y abrazos. Lo mismo ocurrió después con Ana.

La CNDH solicitó el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) para la atención médica y psicológica de Sandra, así como para llevarla a uno de sus albergues donde pudiera recuperarse y continuar con el proceso legal de su caso. Ahora la atienden médicos del Instituto Nacional de Rehabilitación y ya se siente mucho mejor. La CNDH dijo que la forma de actuar de los servidores públicos que no detectaron a tiempo la gravedad de la situación “en los hechos se tradujo en actitudes tolerantes al propiciar la impunidad de los probables responsables”, y emitió una recomendación al gobierno del Estado de México y al Instituto Nacional de Migración: “Que los servidores públicos de esas dependencias gubernamentales se capaciten para este tipo de casos donde se ven inmiscuidos migrantes-víctimas de trata de personas y mejoren las condiciones de ‘aseguramiento’ de la Estación Migratoria de Iztapalapa”.

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¿Qué querrán decir esos ojos que aparentan ser tan decididos? ¿Por qué miran con tanta insistencia? En el rostro de Sandra hay enojo, desamparo, incredulidad. Pero también miedo y culpa. En esa cara redonda y morena, de frente amplia, nariz ancha, cejas delgadísimas y labios gruesos, los ojos grandes y oscuros se clavan con cierta dureza en todo lo que ven, como si estuvieran siempre al acecho. Pero todavía, por las noches, cuando cierra los ojos para intentar dormir, recuerda la caída desde el tercer piso de aquel motel y el sobresalto es inevitable. La invade la ansiedad. Quiere llorar para ver si así se le deshace el nudo que siente en la garganta pero no puede; durante el día, en cambio, llora por cosas que antes le parecían insignificantes. Escucha los gritos de los niños que juegan y se le alteran los nervios. Tiene miedo a la oscuridad. Sólo desayuna, no tiene hambre a la hora de la comida ni de la cena. Ha bajado cinco kilos. Pesa 40. Cuando conversa con alguien de pronto su mente parece irse a otro sitio y se le olvida lo que estaba diciendo. Dice que ya no puede confiar en nadie, que siente que todos la quieren utilizar, como la señora que la tenía “trabajando” en su negocio.

Por el momento, su recuperación física es lo único que la alienta. Dejó la silla de ruedas y ha empezado a caminar con la ayuda de unas muletas. La asusta, sin embargo, no tener la certeza de renunciar a ellas. Los médicos dicen que la rehabilitación va bien, pero no descartan alguna recaída. Está a gusto en el albergue, pero hay momentos en que le gustaría salir de ahí. No sabe con seguridad si quiere irse a Guatemala o quedarse en México. Por lo pronto disfruta sus clases de redacción, matemáticas y, en especial, de educación artística. Dice que le encanta dibujar. No obstante, jamás muestra sus dibujos. “Son mi tesoro privado”, dice. Le preocupa su higiene personal, estar siempre presentable para los demás. Quiere que en el álbum de su vida haya fotos de momentos felices, “para, cuando sea viejita, echarles un vistazo de vez en cuando”.

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Migrantes internacionales, refugiados y víctimas de trata de personas
La trata es esclavitud y es un crimen. Es concebir al ser humano como una mercancía. Y lo más común es que lo exploten laboral o sexualmente. El incremento del problema de trata tiene una conexión directa con los crecientes flujos migratorios que van de la periferia al centro, o de los países en vías de desarrollo a los países desarrollados. Los grupos más vulnerables son mujeres y niños. La pobreza, la desesperación, el abandono y la fragilidad social facilitan este crimen en el que cada año se ven inmiscuidas 800 mil personas en promedio, según Estados Unidos.

El informe “Una alianza global contra el trabajo forzoso”, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), calcula que al menos 12.3 millones de personas son víctimas de esta situación en todo el mundo. De ese total, 1.3 millones se encuentran en América Latina. Son personas que, coaccionadas, trabajan 16 horas diarias los siete días de la semana en condiciones deplorables de higiene y salubridad, sin el salario mínimo y viviendo en condiciones de alta marginación.

En el otro extremo del problema, la Relatoría especial de Naciones Unidas contra la Venta de Niños, la Explotación Sexual y la Pornografía Infantil, dice que en México 80 mil niñas y niños son víctimas de la explotación sexual. Un cálculo sobre las dimensiones internacionales de este problema, que crece en la medida en que es mayor el número de niños en pobreza y abandono, lo aporta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de los Estados Americanos (OEA), que estima que anualmente en el mundo más de un millón y medio de infantes son sumados mediante coacción y engaños al mercado de la explotación sexual. En su estudio, la OEA refiere que México ocupa el noveno lugar en explotación sexual infantil.

Creative Commons License  
Víctor Núñez Jaime / M Semanal Edición 671 / Grupo Editorial Milenio 2010

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Año Nuevo, Proyectos Nuevos

Después de mucho meditarlo en los últimos meses, he decido poner fin a esta aventura.
Este blog ya no sé seguirá editando más.
Gracias a todos aquellos quienes visitaron con frecuencia este espacio desde que estaba en spaces.live.com.
Marco Rubio.
Enero, 2012.

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