A Big Child Ministry

Tenemos los Jóvenes que Creamos

Posted on: 03/10/2011

Tenemos los Jóvenes que Creamos  
Pequeñas Respuestas a Grandes Preguntas de la Vida
Por Marco Rubio –
abigchild@yahoo.com.mx 

A Big Child Ministry – abigchild.wordpress.com 
 

Cierto día, en cierta escuela, la maestra le pregunta a sus alumnos: ¿Qué quieren ser de grandes?

Un niño dice que doctor, una niña que abogada, otro que bombero, una más que gerente de una empresa. Y así siguen respondiendo los pequeños.

Hasta que uno de ellos dice en voz alta: "¡Yo quiero ser un pendejo!"

"¿Cómo que un pendejo?", pregunta intrigada y alarmada la maestra.

"Verá maestra. Cada vez que voy por la calle con mi papá, cuando algún señor está acompañado de una mujer muy guapa él dice: Mira que vieja trae este pendejo."

"Y cuando nos topamos a alguien manejando un lujoso vehículo deportivo él dice: Mira que carrazo trae ese pendejo."

"O cuando alguien en una tienda, al momento de pagar, saca la cartera y deja ver que trae puros billetes de mil y quinientos pesos él dice: Mira cuanta lana trae es pendejo."

"Por eso, maestra, cuando yo se grande ¡quiero ser un pendejo!"

Muchos, quienes nos reímos a carcajadas de este chiste, no somos capaces de ver la gran porción de realidad de nuestra forma de pensar contemporánea que refleja.

Se habla mucho y constantemente de "lo mal que está la juventud hoy día". En diversos medios de habla del fenómeno de los "Ninis". Sociólogos y psicólogos estudian y tratan de explicar las razones por las cuales más y más jóvenes y cada vez con menores edades se convierten en delincuentes y criminales.

Algunas personas culpan directamente a esos jóvenes, insolentes y rebeldes, que solo buscan una salida fácil a todos sus problemas, sin intentar esforzarse en lo más mínimo para alcanzar todo aquello que desean.

Puede que efectivamente esas personas tengan razón. Sin embargo a todos se nos olvida que nuestros jóvenes, nuestros hijos, nuestros sobrinos, son el resultado de lo que nosotros, los que nos consideramos adultos, somos como sociedad. En otras palabras, los jóvenes que tenemos en nuestras vidas son los jóvenes que nosotros mismos hemos creado como sociedad.

Podemos quejarnos por "la falta de valores" de nuestros jóvenes hoy día, aunque no son ellos quienes crean los valores sobre los cuales orientan el sentido de sus vidas. Los jóvenes de hoy no tienen menos "valores" que los jóvenes de antes (quienes, curiosamente, éramos nosotros). Los jóvenes de hoy tienen un sistema de valores, quizás muy distinto al nuestro, pero bien definido.

Nosotros como sociedad somos quienes creamos el sistema de valores que les heredamos a nuestros jóvenes. Nosotros somos quienes les hemos dicho a las siguientes generaciones cuales son las cosas más importantes en sus vidas, tanto personal como socialmente. Y no refiero con ello a la lista de valores que se enseñan en la clase de Cívica y Ética en la escuela, sino a nuestras acciones, actitudes, pensamientos y expresiones ante las situaciones de nuestra vida cotidiana.

¿Cuantas veces nos hemos quejado frente a nuestros hijos del "pendejo" de nuestro jefe, que no sabe nada del negocio en el que estamos y gana más que nosotros, quien tiene el puesto que tiene solo porque es pariente del dueño o es el "Mayate" del gerente?

¿Cuantas veces hemos recriminado y castigado a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, por haberse "robado" un chicle o un chocolate en la tienda, mientras nosotros nos traemos de la oficina desde hojas de maquina y clips hasta engrapadoras y tintas para la impresora?

¿Cuantas veces hemos castigado severamente a nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros jóvenes, por habernos mentido y poco después para librarnos de una llamada telefónica o visita incomoda soltamos el clásico: "Dile que no estoy"?

Esta doble moral, la estrictamente rígida que aplicamos hacia ellos (los jóvenes) y la sumamente flexible que mostramos nosotros (los adultos) es lo que ha provocado el cambio del "valor de los valores" en los jóvenes de hoy.

No se puede creer en la valía y la importancia de los "valores sociales" cuando con nuestras acciones, sin palabras, les decimos que nosotros mismos no creemos ni respetamos esos mismos valores que queremos que ellos adopten, sin cuestionamiento, como suyos.

Estos son los jóvenes que creamos. Nosotros, y no ellos, fuimos quienes creamos la actual cultura de consumo. Fuimos nosotros quienes les establecimos que marca de ropa tienen que comprar para estar a la moda, que celular tienen que usar para estar al día, que vehículo tienen que poseer para lucir exitosos, cuanto dinero deben tener para ser felices, que drogas deben consumir para ser socialmente aceptados. Fuimos nosotros, como sociedad, no ellos.

Somos nosotros, en la idea de la eterna crisis económica nacional, quienes mantenemos viva la filosofía del "si no se tranza no se avanza". Nosotros soñamos ser diputados, senadores o funcionarios públicos no para servir a nuestra gente sino para que "por fin nos haga justicia la revolución" y vivir cómodamente del erario publico cuando menos tres años. Nosotros nos quejamos del patrón explotador y en cuanto tenemos nuestro changarrito abusamos laboralmente de nuestros empleados. En nuestro trabajo nos rompemos el lomo para alcanzar el puesto que queremos y tan pronto lo alcanzamos, tratamos con menosprecio y franca discriminación a todas esas personas que vemos que también sueñan con llegar hasta donde hemos llegado.

¿Realmente podemos culpar a los jóvenes por no creer ciegamente en nuestros valores?

Esta situación no es exclusiva de nuestro país, México, sino un fenómeno universal. Me di cuenta de ello platicando con un grupo de jóvenes ex alumnos del Pensacola Christian College que conocí mientras viví en aquella ciudad de Florida, USA. Ahora, la mayoría de ellos eran cristianos no practicantes, se habían convertido a religiones no cristianas e incluso algunos se habían vuelto ateos.

El Pensacola Christian College tiene un sistema de normas morales y religiosas muy estrictas que van desde la oración constante, la memorización de gran cantidad de versículos bíblicos, la asistencia regular a los servicios religiosos, hasta vestir lo más formal y recatadamente posible (sobre todo las mujeres) y llevar cabello corto y tener la barba bien rasurada (en el caso de los hombres). Algo muy exaltable desde el punto de vista religioso.

Sin embargo, para estos ex estudiantes esas "estrictas normas" resultaban contradictorias con las acciones del creador de la religión en la que fueron educados. Si bien Jesús oraba regularmente y hasta se apartaba de las multitudes para hacerlo, no lo hacia por cosas tan banales como orar hasta porque se acabó el papel de baño. Jesús no se preocupaba tanto por aprenderse de memoria ciertas citas bíblicas como por mostrar inmediata misericordia y solidaridad hacia los más necesitado e incluso amar y aceptar a quienes su propia religión llamaba "pecadores". Cuando él quiso exponer sus puntos de vista sobre las escrituras en un servicio de adoración fue sacado del templo y estuvo a punto de ser linchado, por lo que empezó a adorar fuera de la casa de Dios. Y ni que decir de su aspecto (cabello largo, barba, ropa popular), además que, según la propia Biblia, disfrutaba con singular alegría de la buena comida y un buen vino (¿Qué no su primer milagro fue convertir agua en vino?).

El tema va mucho más allá de estos ejemplos. Abusos sexuales de menores por parte de reconocidos representantes religiosos. Líderes religiosos abiertamente homofóbicos involucrados en escándalos de sexo homosexual. Guerras o intervenciones militares, donde mueren miles de inocentes, respaldadas patrióticamente respaldados por discursos religiosos en las iglesias. Enriquecimiento inexplicable de jerarcas religiosos.

Es decir, aún en las instituciones más rectas, como son las religiosas, la doble moral está presente. Nuestros jóvenes ven esto con claridad y no están de acuerdo con ello.

Y no es un asunto que se limite a los países cristianos como lo vemos actualmente en las noticias con los movimientos de renovación política y democrática en Túnez, Egipto, Yemen, Jordania, Argelia y Libia, donde precisamente los jóvenes, cansados de la doble moral de los adultos dictadores, son quienes están al frente de esta revolución musulmana.

Cuando no hay oportunidades de desarrollo, de educación, trabajo, e incluso de diversión, el esquema de valores de nosotros, los adultos, vale un carajo.

¿Cómo empezó la "Revolución del Jazmín" en el mundo árabe? Mohamed Bouazizi, un joven tunecino de 26 años, al no poder conseguir su certificado de educación profesional decide vender frutas y verduras en las calles de Sidi Bouzid, Túnez, para mantenerse a sí mismo y a su familia. Al no contar con el permiso de venta, la policía lo extorsiona y confisca varias veces su mercancía. Cansado del acoso de los oficiales, los enfrenta y estos lo golpean públicamente y le quitan su producto y equipo de trabajo. Bouazizi va a la Oficina del Gobernador a poner la queja sobre esta injusticia y este se niega a recibirlo. Sin esperanza alguna, a las 11:30 am del 17 de Diciembre del 2010 se baña en gasolina y se prende fuego frente a ese edificio.

Si las autoridades, esos adultos que nos dirigen a todos, no pueden garantizar las oportunidades de desarrollo que nuestros jóvenes necesitan ellos perderán la esperanza de un largo y prospero futuro y buscarán en otros lados quien si pueda proporcionarles esas oportunidades.

Es fácil, cómodo y hasta cierto punto irresponsable decir que los jóvenes de hoy buscan la salida fácil y el menor esfuerzo cuando vemos en las noticias como va en incremento la cantidad de ellos involucrados en eventos delictivos y criminales. Pero como dijo la Hermana Ana Jaramillo de la Casa Simón de Betanía: "Es una tristeza ver cómo, en este momento, los jóvenes se organizan tan bien para hacer daño; arriesgan su futuro, arriesgan sus vidas, arriesgan sus familias, arriesgan todo." Y digan lo que digan, para mí, eso no es una salida fácil. Lo que veo es que ellos no tuvieron frente a sí otra opción de desarrollo real en el momento que decidieron tomar ese camino suicida.

Que tristeza, pero ese es el único camino dividido que miles de jóvenes mexicanos tienen frente ellos: sacan provecho por un corto período de tiempo haciendo daño a otros o se hacen daño a si mismo y acaban de inmediato con todo ese futuro sin esperanza que los espera, como lo hizo Bouazizi. Al final el resultado es el mismo: la autoinmolación, el suicidio, inmediato o lento.

Lo que digo, para muchos, podrá sonar en el más puro estilo la clásica retórica sentimentaloide de los anarquistas o de quien protesta abiertamente contra las instituciones sociales y políticas de una nación, lanzando al aire reproches piadosos que lo único que hacen es avalar la distorsión de moral de los jóvenes delincuentes. Nada tan errado y contrario a lo que es mi intención. Ni se trata de darse golpes de pecho frente a todo el mundo. Pues así como veo miles de jóvenes sin esperanza en un mejor futuro organizarse para hacer cosas malas también veo millones de jóvenes llenos de esperanzas e ilusiones que se organizan para hacer cosas buenas.

Esos son los jóvenes a los que se les están dando oportunidades de desarrollo a través de grupos ayuda a otros jóvenes, en nuestras colonias, en nuestras organizaciones no gubernamentales, en nuestras iglesias, en nuestros grupos de amigos, en nuestras familias.

Así como hay miles de jóvenes robando, así también hay millones de jóvenes haciendo trabajo social con niños, adultos mayores, personas vulnerables, minorías sociales, víctimas de discriminación y personas con capacidades diferentes.

Así como hay miles de jóvenes vendiendo drogas, así también hay millones de jóvenes compartiendo gratuitamente su esperanza a través de sus jornadas de evangelización, misiones de ayuda a los necesitados, grupos de educación religiosa para niños, programas de alcance vecinal de sus iglesias.

Así como hay miles de jóvenes con armas en las manos, así también hay millones de jóvenes con libros, lápices, cuadernos, tijeras, borradores, plumones, sartenes, desarmadores, calculadoras, escalímetros, matraces, computadoras, tuercas, tornillos, cuentas, guitarras, baterías, discos compactos, cámaras fotográficas, pinceles, pinzas o balones en sus manos, no solo aprendiendo un oficio o una profesión sino también enseñando lo que saben a las siguientes generaciones.

Así como hay miles de jóvenes matando a otros jóvenes, así también hay millones de jóvenes dando vida, reforestando los bosques de sus comunidades, remozando los parques de sus colonias, protegiendo a sus vecinos más pequeños en la cuadra, curando la pata rota del perrito callejero, alimentando a los pajarillos en la plaza, regando las plantas del jardín, barriendo la banqueta y la calle frente a donde viven, decorando con saludos y sonrisas dondequiera que caminan.

Los jóvenes que tenemos son los jóvenes que creamos y son el reflejo de lo que somos como sociedad. Si los jóvenes que tenemos hacen cosas malas, más que condenarlos debemos replantearnos quienes somos como individuos, como adultos y como sociedad y ver y aceptar y enmendar los errores que hemos cometido. Y si los jóvenes que tenemos hacen cosas buenas, más que contentarnos con ello y caer en la autocomplacencia, debemos redoblar esfuerzos, invertir más en las oportunidades de desarrollo donde los jóvenes puedan volcar toda su energía creativa y abrirles las puertas para que puedan hacer todo aquello que quieran hacer para beneficio de su comunidad, de su ciudad, de su país, para que no se sientan defraudados de nosotros los adultos y perdamos sus vidas en un futuro sin esperanzas.

Los jóvenes que tenemos son los jóvenes que creamos. Sí, tenemos muchos jóvenes que no hacen nada o que hacen cosas malas. Pero también hay muchos más jóvenes que hacen grandes cosas buenas. Concentrémonos en ellos porque todavía hay esperanza.

Pidamos a nuestros gobernantes pensar e invertir socialmente en programas de Terapia Ocupacional como una de las muchas formas para alejar a nuestros jóvenes de la delincuencia. Un programa mucho más allá de una feria dominical de un día, que solo sirve para que el presidente municipal o el gobernador y sus "achichincles" se tomen la foto para salir al día siguiente en las noticias y después olvidarse del tema. Y no solo uno sino varios programas de Terapia Ocupacional corriendo al mismo tiempo, orientados sobre todo a quienes menos oportunidades de desarrollo tienen.

No se trata tampoco de programas exclusivamente para que los chavos aprendan un oficio o pueden auto emplearse. Sí, hay que desarrollar sus habilidades técnicas, pero también sus habilidades intelectuales, artísticas, emocionales e incluso hasta espirituales.

No solo se trata de enseñarlos a soldar, trabajar la madera, hacer trabajos de albañilería, impresiones en serigrafía, manejar un montacargas u otros oficios que, efectivamente, son redituablemente buenos. Más que "enseñar" hay que intentar que nuestros jóvenes se apasionen por aprender, mejorar y superarse cada día como personas y ciudadanos.

Necesitamos sembrar en nuestros jóvenes la semilla de la pasión por la lectura, por aprender cosas nuevas todas los días en todos los campos, por desarrollar su acervo cultural, por superarse personalmente de forma honesta y honorable.

Hay que enseñarlos a usar el taladro y el desarmador, pero también a pintar sobre un lienzo y a apreciar el arte de la pintura. Hay que enseñarlos usar el martillo y el nivel, pero también a bailar y a apreciar el arte de la danza. Hay que enseñarles a usar un serrucho y una pala, pero también a escribir poesía y disfrutar del teatro. Hay que enseñarles a construir casas y negocios, pero también cómo crear relaciones humanas sanas. Hay que enseñarles reparar un techo o una cañería, pero también como restaurar los vínculos afectivos con las personas que aman y con su Dios, sea cual sea este.

Hay que darles educación, pero también deporte. Darles escuela y carnaval. Oficio y arte. Y de forma gratuita o al menos muy accesible.

Hay que proporcionarles las herramientas no solo para que algún día puedan convertirse en empleados o trabajadores de una gran empresa regia, sino también darles la visión, el deseo y hasta la ambición de ser los dueños de su propio negocio o empresa licita, con la cual produzcan otras oportunidades de trabajo y desarrollo para más jóvenes, los de la siguiente generación.

Quitemos los obstáculos de la corrupción, la burocracia, el compadrazgo y la injusticia legal y social de su camino hacia el éxito y volvamos a inculcarles la cultura del esfuerzo. Mantengamos, desarrollemos e impulsemos esa cultura del esfuerzo y condenemos todo aquello que la ponga en peligro. Si lo hacemos bien entonces todos saldremos ganando.

Si como sociedad tenemos lo jóvenes que creamos, creemos jóvenes con esperanzas en un futuro cada día mejor.

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Año Nuevo, Proyectos Nuevos

Después de mucho meditarlo en los últimos meses, he decido poner fin a esta aventura.
Este blog ya no sé seguirá editando más.
Gracias a todos aquellos quienes visitaron con frecuencia este espacio desde que estaba en spaces.live.com.
Marco Rubio.
Enero, 2012.

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